Valeska mira por encima de su desayuno. Sus ojos parecen los de un gato que ha jugado demasiado tiempo con el ratón atrapado entre sus zarpas y por fin ha decidido matarlo. Los humeantes panqueques se encuentran entre ella y Mauricio.

Valeska está enojada. Mauricio tiene una boca demasiado suelta. Ella le repite constantemente: “Tienes una bocota tan grande que si no la cerraras se te saldría el estómago.”

-¿Qué van a hacer hoy?- Les había preguntado la mamá de Mauricio.

Y Mauricio había abierto su bocota.

-Vamos ir a un claro del bosque, porque encontramos…

Un certero puntapié de Valeska por debajo de la mesa interrumpe la imprudencia del niño.  Para Mauricio, Valeska es una niña bonita que sabe portarse dulce cuando desea conseguir algo, pero que también propina puntapiés con la fuerza de un niño. Mauricio sabe que Valeska es brava cuando está enojada; algo muy frecuente en ella.

Mauricio se percata que su madre ha dejado de mover la espátula sobre el sartén de los panqueques y gira para mirarlo. Ella tiene la suspicacia natural de todas las madres.

-¿Encontraron qué cosas?- Pregunta la mujer a su hijo.

Pero es Valeska la que responde, atrapando la pregunta como un depredador de garras ágiles.

-Una piedra grande que parece la cara de una persona. La queremos para jugar a que era una piedra mágica.

La madre de Mauricio está satisfecha con la respuesta, y regresa su atención a los panqueques. Valeska lanza una mirada de advertencia a Mauricio. “Cállate” le ordena moviendo los labios sin producir palabra alguna.

La familia de Mauricio disfruta de una semana de vacaciones en la sierra boscosa. Hace frío, pero al padre del niño le gusta ese tipo de clima,  el bosque y la calma. No hay más vacacionistas ocupando las cabañas contiguas, por el momento, tienen todo el bosque para ellos solos.

Mauricio invitó a Valeska a pasar con ellos la semana.

Valeska vive en la casa vecina a la de Mauricio, en la ciudad. Aunque asisten a distintos colegios, por las tardes siempre la pasan juntos y juegan. En realidad Valeska pasa la mayor parte del tiempo en casa de Mauricio. Ahí hace la tarea con diligencia, mira la televisión o duerme la siesta, como si en su casa no se sintiera tan cómoda como en la de su amigo.

Ambos tienen ocho años de edad, y esa cercana amistad les parece, por el momento, normal a los padres de Mauricio. Valeska es una niña extraña, pero inofensiva.

En los primeros tres días de esa semana de vacaciones los niños se aburrieron. El primer día cayó una llovizna continua, que volvió el ambiente más frío y los obligó a permanecer encerrados en la cabaña frente a la chimenea, dibujando y charlando. El segundo día estuvo mejor: el sol asomó entre las nubes, y ambos se dedicaron a pasear por los alrededores de la cabaña ensuciándose las botas con barro. Valeska apedreó a un par de ardillas que osaron pasar frente a ellos, y alcanzó a una con buena puntería, sólo lastimándola.

El tercer día, jugaron a que eran un par de exploradores, y se adentraron en el bosque.

Ese fue el día en que descubrieron el objeto.

Valeska le hizo jurar a Mauricio que no diría nada a sus padres.

El niño, aunque no entendió porqué Valeska quería mantener aquel objeto en secreto, juró silencio.

Terminan su desayuno, corren a lavarse los dientes, y ambos se despiden en coro. Salen de la cabaña, dejan a los padres de Mauricio hablando sobre “asuntos de gente adulta”.

Avanzan por el bosque frío. Son apenas las diez de la mañana, y el sol aún se esconde entre grandes y oscuras nubes.

Ambos llevan puestos abrigos gruesos, y gorros de estambre. Las manos metidas en los bolsos de las chamarras, y las botas embarradas de lodo.

Avanzan en silencio por casi diez minutos, cuidando sus pasos sobre el suelo resbaloso. Mauricio sigue a Valeska, ella siempre ha mostrado liderazgo y buena orientación.

Pero ese día Valeska parece un poco extraviada. Duda un par de veces donde girar, y menciona que algunas áreas le parecen nuevas.

Mauricio comienza a desesperarse, pero opta por callar cuando ve la mirada molesta de ella por la sugerencia de regresar a la cabaña y jugar a otra cosa.

Mauricio no sabe mucho acerca de los papás de Valeska. Ella parece ser una de esas “niñas llave”: de esa generación en que ambos padres trabajan y les proporcionan a sus hijos una llave de la casa. Cuando los “niños llave” regresan de clase, los padres generalmente están ausentes. Valeska nunca habla de sus padres, pero sí con frecuencia de lo que le dejan de comida en el horno de la casa.

A Mauricio le parece triste ese tipo de vida. Él se siente afortunado, ya que toma sus alimentos casi diario acompañado de sus  padres, y aunque su padre salga de viaje por el trabajo, su madre siempre está ahí, del otro lado de la mesa.

Imaginar a Valeska comiendo sola en una silenciosa casa vacía lo había empujado en diversas ocasiones a invitar a la niña a comer, y en ocasiones como ésta, a pasar unos días de vacaciones. Ni si quiera cuando ella viajaba con Mauricio y su familia se sabía de los padres de Valeska, ella sólo informaba que le habían dado el permiso.

Quizá por esa soledad, Valeska siempre “parece enojada y cuando no está enojada, está…como perdida en algún lugar dentro de su cabeza”. Hay momentos en que se queda callada, y aunque esté en casa de Mauricio, se sienta en un rincón y mira con el rostro arrugado hacia la nada, como si estudiara algo interesante dibujado en la oscuridad. Mauricio sabe que no debe de molestar a Valeska cuando se encuentra en ese estado, ausente, debe esperar a que la niña retorne a su característico mal humor, o a su felicidad agresiva.

-¡Ahí, ahí está Mau!- Grita Valeska.

Mauricio mira hacia donde está “el secreto”.

-¿Cómo lo encontraste?- Pregunta Mauricio. Es una pregunta legítima, pues él no logra orientarse, y duda que Valeska también sepa cómo llegaron ahí.

-No sé, fue suerte, o a lo mejor… algo nos trajo aquí….¡Buuuu!- Dice la niña engrosando la voz al final. Mauricio, a pesar de su corta edad,  se percata que algo diferente brilla en los ojos de su amiga. Valeska de pronto se nota muy excitada: respira agitada, y sus ojos están clavados en el punto que señala con su mano. Tiembla, pero Mauricio supone que ese temblor se debe al frío.

-Ven, vamos.- Dice Valeska, y Mauricio como siempre, obedece.

Se aproximan al claro descubierto un día anterior, bordeado de pinos altos… Y ahí está, ese objeto que despierta tanta emoción en Valeska: un cilindro metálico industrial de acero, un tambor,  un barril, casi oculto del todo dentro de un pozo, acostado sobre el lodo.

A un lado del cilindro metálico hay un montón de tierra que alguien escarbó y dejó acumulada: un pequeño pozo donde descansa el objeto Hay también una pala incrustada sobre el montón de tierra, como si fuera un arpón en el lomo de una ballena.

Los niños desconocen la historia del tambor metálico, del agujero y de la pala.

El agujero fue escarbado por dos lugareños una semana atrás, cuando pretendían enterrar el cadáver de un vecino al que habían dado muerte en un pleito donde el alcohol y un desacuerdo sobre tierras se mezclaron de manera trágica. Los dos hombres arribaron al claro, ignorantes de que un vehículo de la policía venía siguiéndolos. Escarbaron el pozo, colocaron el cilindro metálico, y cuando pretendían esconder el cuerpo de su víctima en el interior para enterrarlo, la policía los atrapó.

La policía abandonó en el lugar el cilindro metálico, el agujero y la pala.

-Bueno, ya llegamos, y ¿ahora? Hay que regresar, parece que va a llover otra vez.

Mauricio está inquieto por el color oscuro de las nubes que han empezado a acumularse. En la lejanía un trueno refuerza su sospecha: se acerca una tormenta.

Valeska se arrodilla sobre el lodo y mira el interior del tambor. La tapa metálica está a un lado: un círculo negro.

<p">-¿Jugamos?- Pregunta la niña mirándolo encantada.

-¿A qué?

Ella levanta la tapa del contenedor cilíndrico.

-Jugamos a que tú eras una criatura, un monstruo, como el de la película esa que vimos en tu casa.

-¿La de Alien el octavo pasajero?

-Sí, esa en la que salen unos como huevos gigantes de donde nacen los monstruos… ¿Te dio miedo verdad?- La pregunta insinúa burla.

Mauricio se siente ofendido.

-¡Claro que no me dio miedo!- Reclama sacando el pecho tal y como un hombre se supone que debe hacerlo.

Ella sonríe, y su sonrisa es muy distinta a la que Mauricio está acostumbrado: es más amplia.

-Si no te dio miedo, entonces… ¿Juegas conmigo?

Mauricio guarda silencio unos segundos, dudando. La sonrisa de Valeska no le gusta. Es como la sonrisa del Guasón, el enemigo mortal de Batman.

-Sí… ¿Pero a qué? ¿Al Alien?

-Sí, que tú eres el monstruo y a que estás en el huevote, acechando…

Mauricio no entiende, aquello no le agrada. La sonrisa de la niña lo inquieta.

-¡Mah! Sabía que te daría miedo jugar.- Dice Valeska. -¡Eres una niñita!

La burla despierta un coraje milenario en el niño, el insulto que ha ofendido a millones de infantes a través de la historia, al poner en duda su hombría, su valentía, al dudar de su gallardía… ha sido conjurado por una niña, es inaceptable para él. Mauricio aprieta los puños y arruga la frente. Que le llamen niñita es en sí un reto, que sea Valeska, una provocación.

-¡No soy una niñita!

-Entonces juega.- Dice Valeska.

-¡Sí! ¡Sí juego!

-Métete ahí pues.

La orden lo confunde, lo asusta, lo petrifica. Mauricio se queda en silencio, mirando a Valeska.

Un segundo trueno, más cercano.

Mauricio espera una carcajada, de esas tan características en Valeska cuando le toma el pelo. Pero ella se mantiene en silencio, con esa nueva e inquietante sonrisa en sus labios.

-¿Qué me qué?- Pregunta Mauricio. El viento comienza a mecer los pinos que rodean el pequeño claro. Un tercer trueno se escucha, al niño le parece el murmullo salvaje de un animal que los acecha.

-Que entres ahí. Yo te tapo con esto…- Le muestra la tapa del cilindro metálico.

–Luego, te echo poquita tierra, y entonces luego hago como que estoy explorando, y escarbo, tú me oyes cuando esté sacándote y digo, ¡Oh! ¿Qué será esto? y en cuanto quite la tapa, tú brincas y me atacas.

Mauricio guarda silencio.

Valeska lo mira fijamente, no dice palabra alguna. El bosque de pronto le parece más frío. Un cuarto relámpago, más cercano, más potente ilumina los ojos de Valeska, algunas gotas comienzan a caer alrededor de ellos, grandes como monedas, pesadas: el preludio de una tormenta.

Con su mano libre, Valeska toma la pala incrustada en el montículo de tierra.

Las gotas caen en mayor número, con mayor fuerza, la tormenta llega.

-¿Entonces? ¿Entras?

 

En la cabaña, la madre de Mauricio hojea una revista. En su mano sostiene una taza de café. Su esposo lee una novela policíaca, recostado en el sillón frente a la chimenea.

Ambos están tranquilos. La tormenta que azota la cabaña. Esa tarde es la más fuerte que han presenciado: el viento aúlla con largos lamentos sacudiendo los árboles, la lluvia cae con furia y no es posible ver más allá de un metro de las ventanas. Pero ambos están relajados, han escuchado a los niños regresar a la cabaña y encerrarse en la recámara. La madre les ha preguntado lanzando un grito desde su sillón si se han mojado, y Valeska, como siempre, responde por ambos que no.

La madre decide ir a verlos. Los niños están callados, y aunque sean solo niños de ocho años, es mejor mirar, en especial por esa niña tan peculiar que es Valeska.

La mujer avanza por el estrecho pasillo, y llega hasta la habitación. Toca con delicadeza, pero del otro lado no obtiene respuesta. Un poco desconcertada abre la puerta.

-Niños, ¿Qué hacen?

Dentro, a media luz, está Valeska, sola.

La niña se encuentra de pie, dándole la espalda a la mujer y mirando por la ventana. Está cubierta de lodo de pies a cabeza. Tiene las manos unidas a la espalda, como un crítico que admira una obra de arte.

-¡Valeska! ¿Qué te pasó? ¿Dónde está Mauricio?

La niña gira y la mira con una gran sonrisa que la desconcierta, una sonrisa demasiado grande para ser alegría sana.

-¿Mauricio? Está jugando al monstruo que acecha, escondido… en un lugar. Pero está tan bien escondido que la verdad no recuerdo donde está. Se portó como un hombrecito.

Afuera, entre ráfagas de viento y relámpagos, la lluvia arrecia.

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