El niño que vende goma de mascar en la calle siente mucho frío esa noche.

            Le llaman Juan, simplemente Juan.

Un viento helado corre por las calles. Ha llovido durante dos días, provocando que la temperatura descienda. Mamá, que no es su madre, lo obligan a trabajar ataviado tan sólo con una ligera camiseta, a cuya tela le quedan un par de semanas para volverse transparente.

Juan tiene apenas ocho años: es pequeño de estatura y de complexión esquelética que es resultado de una mala nutrición. Es una de las figuras características de las calles de la ciudad. Los habitantes se han  acostumbrado a esas efigies infantiles que deambulan en las esquinas y mendigan por encargo las monedas que transeúntes o conductores, si son convencido, accedan a entregar. Algunos de eso niños hacen malabares durante el breve tiempo que dura la luz roja de un semáforo, otros venden gomas de mascar o golosinas, muchos solo extienden la mano y piden algo para comer.

Además del frío, el hambre le abraza el estómago a Juan. El niño no ha probado alimento desde la mañana, si es que al par de tortillas con sal y al vaso de agua con sabor a naranja se le puede llamar alimento.

Juan vende chicles, y en días secos, también mazapanes. Hoy solo carga una caja con gomas de mascar. Juan la observa, y el dolor provocado por el hambre en su estómago se incrementa por el miedo. El grupo numeroso de paquetes de gomas de mascar son una amarga señal que significa que esa noche no habrá cena.

Mamá es muy estricta con esa regla: “Si no vendes, no comes”.

Mamá castiga la “hueva”. Mamá premia con un par de tortillas y un vaso de refresco el trabajo. Una caja de cartón vacía, y un puño de monedas significan haber sido bueno, y poder cenar.

Juan no tiene culpa de su fracaso, la calle que le ha tocado trabajar ha carecido de tráfico aquel día. Es de noche ya, pronto aparecerá Mamá para recogerlo. Siente miedo, sabe que falta poco tiempo para  que ella aparezca abordo del viejo y ruidoso taxi, sabe que el castigo esa noche no solo será irse a dormir sin cenar, sino que sabe que "Mamá" le hará pagar con dolor sus “muchos chicles y sus pocos pesos”; que tendrá "chicote", y que las nalgas le dolerán durante un buen tiempo.

Juan siente angustia, que se representa en un dolor que oprime su garganta.

El hambre, la ansiedad y  el miedo son las únicas sensaciones familiares en él.

"Mamá" no es en realidad su madre. Juan lo sabe, pero desde que recuerda "Mamá" ha estado en su vida, al igual que sus doce "Hermanos" que trabajan para dar dinero a "Mamá".  No queda en él ningún recuerdo concreto de su verdadera madre, quizás una borrosa sonrisa, una lejana estrofa de alguna melodía que pudo cantarle antes de abandonarlo al control de "Mamá", tres años atrás. Su rostro, su aroma, están perdidos en el abismo de miseria que es su vida.

Un automóvil se detiene ante el semáforo en rojo, y el viento comienza a soplar con mayor fuerza. El murmullo que produce el viento al sacudir las ramas de los árboles lo saca de su trance.

Se aproxima al vehículo, el conductor  lleva los vidrios cerrados: eso representa un problema. Golpea levemente la ventanilla, lo que asusta al conductor que miraba distraído hacia el frente. Él, sobresaltado, insulta al niño, lo aleja de su auto con violentos ademanes.

Juan, avergonzado, se aleja. Aquel cruce de calles resulta un pésimo lugar para su trabajo. Inclusive en los días y las horas de mucho tráfico. El semáforo marca el rojo por poco tiempo. No hay comercios u oficinas cerca. A espaldas de Juan, solo se encuentra un pequeño parque público, cubierto de fresnos grandes y viejos, altos y llenos de follaje.

Otro automóvil se aproxima, y el semáforo le marca el alto. Juan repite la tediosa rutina, se acerca, extiende la caja de gomas de mascar y hace una rápida reverencia con la cabeza que parece decir: “Ándele”.

No hay venta.

El automóvil se aleja, él vuelve a quedarse solo.

El viento arrecia, y Juan se encoge de frío. Esconde su mano izquierda debajo de la vieja camiseta, un temblor en su mano sacude violentamente la caja de gomas de mascar.

Sabe que no puede escapar, no importa a donde vaya, a donde corra, la policía lo encontrará, y lo regresará a  "Mamá". O peor, pueden atraparlo los “otros”, los drogados; ya le han hablado de ellos, y de que si huye, ellos lo pueden encontrar y hacerle cosas que le van a doler.

"Mamá" lo sabe y lo ve todo. Algunos de los demás niños hablan de Dios, y le temen a Dios, pero Juan piensa que más allá de Dios está Mamá. Los niños hablan de algo que podría existir, Mamá existe, sus golpes son reales, su poder es real.

Otro vehículo se aproxima, el semáforo no le marca el alto.

Juan mira de nuevo la caja con las gomas de mascar, mira de nuevo las pocas monedas.

Llora, llora por un rato, y su llanto se pierde con el sonido del viento.

Junto con un último puchero, Juan escucha el crujido que parece venir de los árboles.

Levanta la mirada, y la luz del alumbrado público lo ciega por un momento. No alcanza a ver con claridad las ramas de los árboles que se sitúan arriba de los postes, pero logra distinguir sombras irregulares posadas sobre las copas. Sabe a qué pertenecen las sombras, las ha percibido antes. De día le parecen inofensivas, son figuras grandes y feas, aves de carroña, zopilotes. Figuras negras, de largas alas y diminutas cabezas calvas. Una vez pudo observar una de cerca, el ave se alimentaba del cadáver de una rata. Juan se impresionó ante la imagen de aquella cabeza de piel arrugada. Sabe que anidan ahí, y que se alimentan de la basura del mercado próximo. Suele verlas por la mañana, sobrevolando en círculos el mercado, y por la tarde, posándose en las ramas de los fresnos para descansar.

De noche, son sombras inmóviles.

En la fría soledad de la calle, Juan puede sentir el peso de la mirada de aquellas figuras.

El niño se talla los ojos limpiando las lágrimas. Mira de nueva cuenta su caja de gomas de mascar. "Mamá" lo castigaría, “Mamá” lo azotaría; ese era un problema real, no aquellas figuras posadas sobre las ramas que crujen y aletean esporádicamente.

Juan mira de nuevo, se siente inquieto, en particular por una figura que percibe: una de las negras siluetas en los árboles que parece más grande que las otras. Aguza la vista, intenta descubrir por qué es aquella silueta mayor que las otras. El viento continua sacudiendo las ramas y zumbando en los oídos del niño.

Otro automóvil aparece, y se detiene ante el semáforo en rojo. Pero en esta ocasión Juan no se aproxima a realizar una venta, está absorto ante la figura de mayor dimensión que aparenta estar de pie sobre una de las ramas.

            La imagen amenazante de "Mamá" pasa brevemente al olvido.

El ser extiende lo que parecen ser un par de alas, las sacude, produce un viento sonoro, es el sonido que recuerda a Juan la respiración del hombre gordo que a veces visita a mamá, cuando ella creé que los niños duermen. El sonido es largo y profundo. El aire se torna pestilente por el aleteo: olor a  basura, olor a  excremento, a humedad.  Y sobre todos estos olores, la fetidez de lo muerto.

El niño retrocede un par de pasos. El automóvil que se ha detenido prosigue su camino ante el cambio de luz. Juan se encuentra de nuevo solo ante las aves carroñeras que parecen mirarlo fijamente. Solo ante esa gigantesca figura que mantiene las pestilentes alas extendidas.

Juan desvía la mirada, un ruido lo trae de vuelta a la realidad. Es un traqueteo conocido para él. Por la solitaria avenida otro automóvil se aproxima, le falta uno de los faros. Para Juan aquél cacharro es inconfundible, es el taxi de uno de los amigos de "Mamá".

Por primera vez, en su vida, Juan experimenta un alivio al ver la llegada del vehículo. No le importa el hambre, no le importa el “chicote”, lo que importa es que "Mamá" lo alejará de aquellas figuras, especialmente de la más grande.

El fuerte aleteo hediondo se escucha con más fuerza, la pestilencia se torna insoportable. Juan gira y observa a la inmensa figura aterrizando sobre la calle, negra como las sombras, más oscura que la noche.  El niño nota el inmenso par de alas anexas a un cuerpo alto y delgado, como el de un insecto gigantesco, como el de una mantis religiosa, el insecto que parece rezar.

La figura permanece inmóvil a tan solo tres pasos de Juan. El viento se ha detenido, lo único que se mueve en aquellos momentos es el auto que se aproxima con su traqueteo y la pestilencia que brota del ser alado, y que parece cambiar, tornándose densa, dulce, amarga, fétida.

La figura comienza a emitir un sonido, un traqueteo, distinto al del taxi: es el sonido mecánico de pinzas, de dos piezas duras que chocan una contra la otra.

Juan deja caer la caja de goma de mascar, caen también las pocas monedas que tintinean en la noche.

Algo se aclara en la mente infantil de Juan, una idea brillante y repentina como el relámpago. Juan deja de sentir miedo a la oscura figura. El pequeño se queda inmóvil, no corre, no grita, ni si quiera respira, retiene el aire en sus débiles pulmones en el momento en que dos largos brazos duros y correosos se extienden lentamente hacia él, lo rodean, lo abrazan, lo aproximan a la pestilencia. Juan solo emite un lánguido gemido, más por la sorpresa que por el miedo, al sentir que sus pies se despegan del suelo. El aleteo vuelve a escucharse y el viento que producen aquellas alas a sentirse. Hay calor en aquél cuerpo sólido que lo abraza; el frío desaparece ante el cobijo del olor.

A Juan le deja de importar lo que  pueda depararle, o a dónde lo lleve la figura. Cualquier cosa que le suceda, cualquier lugar al que vaya es mejor que regresar a bordo de aquel taxi, a su vida junto a “mamá”.

Los niños de la ciudad que trabajan en las calles durante las noches hablan entre ellos. En sus historias, cargadas de imaginación y deseos infantiles, siempre sobresale la imagen de una figura alada, un ser que habita entre los árboles, algo, un ángel negro.

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