Sergio Quimor

Nadie se sorprendió cuando ocurrió,
No verdaderamente, no en ese nivel del subconsciente donde
Tienen lugar nuestras vivencias más brutales.
(Carrie, Stephen King, 1974)

Prólogo

1

Un automóvil de implacable apariencia rugía azotado bajo la copiosa lluvia de aquella   tormentosa noche. La ciudad estaba oscura  y silenciosa. La ciudad estaba dormida.

    El color negro  de la lámina se perdía, en la lobreguez de la noche.

Las calles estaban inundadas. El alcantarillado público había fracasado una vez más en el intento de mantener el agua en un límite. Las llantas deportivas, bajas y anchas, como se habían vuelto una moda en aquellos últimos años de la década de los 80’s, brincaban entre los profundos charcos, arrojando olas que arrastraban hojas y ramas hacia los costados de la calle.

El vehículo se deslizaba por una amplia avenida, solitaria y apenas iluminada, bordeada por altos pinos que cubrían aquel parque bautizado curiosamente como COLOMOS, donde por las mañanas las personas gustaban ir a correr o a pasear a sus mascotas. Un profundo canal que ahora conducía un torrente de agua sucia y espumosa dividía aquella vía pública de cuatro carriles.

A pesar de ser una amplia arteria, resultaba peligroso circularla a aquella velocidad y sobre todo bajo esa tormenta.

    El reloj del Ford Thunderbird  marcaba las cuatro de la mañana de aquel domingo 28 de Agosto de 1988. La radio arrojaba la suave y melodramática voz del aún vivo Michael Hutchence del grupo INXS, donde acusaba a su amada que –la necesitaba aquella noche. Al volante, un adolescente  de 17 años de edad apodado El Manotas descargaba su frustración, furia y vergüenza contra el  acelerador.

Cada golpe contra el agua acumulada en las imperfecciones del pavimento que estremecían la estructura del deportivo, cada bramido del motor de ochos cilindros, eran calmantes cuyo efecto solamente subsistía milésimas de segundo.

Le sangraba  la nariz y llevaba el cabello revuelto, cubierto de lodo y basura. La  camisa antes nueva y blanca, comprada recientemente para ser estrenada aquella noche, mostraba  un cuajado color rosa jaspeado,  con manchas negras de la tierra del bosque. Su hombro, era una braza viva, quizás dislocado por el golpe, pero en aquel demencial momento no importaba demasiado, su odio era tal, que inclusive su nariz fracturada le parecía una nublada molestia lejana, tan solo un espíritu atormentado que se lamenta  en otro plano astral para el cual él tenía oídos sordos.

La droga y el alcohol consumidos aquella noche, y las fuertes emociones experimentadas pocos minutos atrás, lo tenían muy alejado del mundo real, del que pronto dejaría de formar parte.

    Todo su mundo de fantasía se había colapsado por aquella fiesta, y con responsabilidad directa de la “perra” de Patricia.

2

    Patricia había sido la novia de Ángel Salinas, alias el Manotas hasta aquella noche.

Durante dos años y seis meses llevaron un noviazgo cargado de pasión adolescente, celos infantiles y berrinches inmaduros, productos de la falta de experiencia y el exceso de hormonas de un muchacho sobre protegido y mimado.

Se habían conocido en una de esas somníferas reuniones sociales donde las chicas bostezan continuamente y los chicos se largan pronto. Hubo una atracción física, de esas que los poetas suelen señalar equívocamente como amor a primera vista. Ángel, en realidad se obsesionó por ella. Patricia tenía desde los catorce años un cuerpo fabuloso, y Ángel desde los once uno hiperactivo que fabricaba  testosterona con rapidez. Ella, por su parte, fue atraída por las ropas fina, el reloj marca Swatch y el automóvil deportivo con interiores de piel que manejaba de una manera que para ella resultaba audaz.

A los catorce años no existían otras cosas que atrajeran a una jovenzuela de la década de los ochenta, que un chico rico, bien vestido, con dinero para gastar, y una manía para ignorar las luces rojas de los semáforos.

Ángel, se había creado a sí mismo una fama de casanova, de galán rompe corazones que coleccionaba las bragas de las chicas que caían en sus “garras”, como trofeo de caza. Sin embargo, aunque presumía desde los catorce años de ser un experto en asuntos sexuales, a principios de ese verano continuaba siendo virgen, y su “expertise” sexual se reducía al simple material pornográfico que eventualmente conseguía.

Patricia, por el contrario era la anafrodisia encarnada. Su libido se mantenía tan adormilado que Ángel se desesperaba al no poder encontrar la forma de lograr que ella cediera un poco a sus estremecidas  caricias y sus aturdidos besos. No era una mojigata, sencillamente las caricias del inquieto muchacho no lograban despertar en ella su libido. Parecía no entender por qué a su novio se le aceleraba la respiración y le temblaban y sudaban las manos al acariciarla. Y, aunque nunca se lo confesó, sentía algo de asco al ver su amplia frente brillando por la grasa juvenil que despedía al excitarse.

Esto a Ángel lo volvía loco.

    A sus diecisiete años ambos continuaban con aquel noviazgo. Ella, porque el comportamiento social así lo marcaba y porque Ángel continuaba estrenando automóvil cada año, vestía bien y solía gastar mucho dinero en ella. Él, porque seguía teniendo la esperanza de que ella terminara en la cama lo cual sería un triunfo digno de contar a todo el mundo, aunque el mundo de Ángel se reducía a un par de compañeros que desempeñaban el papel de Lame-botas, y  que sobrevivían a la sombra del dinero que él solía cargar en su cartera.

    Pero el noviazgo se había vuelto cada vez más estresante.

Ángel estaba acostumbrado desde niño a obtener lo que le deseara. Sus infantiles chillidos evolucionaron a  órdenes imperantes cuando su voz cambió del agudo pitido al grave tono de un joven al que comienza a salirle vello, y va en camino de la madurez corporal. Al ser hijo único, su madre se desvivía por mantenerlo feliz, y su padre, hombre intelectual de renombre entre los círculos sociales e intelectuales de la ciudad, exasperado decidía que lo más apropiado era  ignorar a su insulso  hijo.

Ángel creció entre mimos, regalos y deseos cumplidos, mientras su padre acumulaba riqueza y grados académicos en la pared de su estudio. El desesperado hombre  amaba las ciencias, pero la naturaleza, el destino, o ese Dios al que tanto le rezaba su mujer le habían castigado por algo hecho quizás en una vida pasada,  dándole un hijo de un coeficiente intelectual demasiado bajo y el carácter de una niño histérico.

El Manotas creció más de lo normal, y abusó de sus compañeros a quienes doblaba en peso y tamaño, hasta que algunos de ellos descubrieron que al hacerle frente no era tan valiente ni tan hábil con los puños. Entonces fue relegado al estatus de bully de mediano riesgo, fastidioso sólo para los más débiles, de quién se aprovechaba hasta que estos se hartaban y le enfrentaban. Fue alrededor de esa época cuando conoció a Patricia, cuando le propuso noviazgo y cuando comenzó su inútil y torpe cruzada para llevarla a la cama.

3

    Aquel verano de 1988, la púber relación entró en una etapa de mayor tensión, a pesar de que ambos dejaron de verse por casi dos meses.

La madre de Ángel  le cumplió el capricho de enviarlo a un viaje por Europa, y al regresar descubrió que en Patricia se había gestado un ligero cambio.

Ella no había viajado ese verano, y había comenzado a pasar más tiempo con Mirna Gámez, una intelectualoide que no cesaba de insultarlo cada vez que tenía una oportunidad. A Ángel no le agradaba  Mirna, no solo por el hecho de que  ella constantemente señalaba su estupidez, sino por los rumores que  había escuchado en boca de otros chicos y en especial de las chicas. Se decía en  los baños de mujeres y  cafeterías que Mirna prefería más la compañía femenina que la masculina.

Alrededor de Mirna se gestó una leyenda urbana,  la cual se sazonó de detalles producto de la alborotada imaginación masculina y del escándalo puritano femenino de una sociedad latina del medio occidente, en extremo liderada por una jerarquía católica.

No podría decirse  que  Ángel se preocupara por Patricia, en su corazón no existía la humanidad necesaria para amar algo que no fuera su auto último modelo, o el par de zapatos italianos recién adquiridos. Pero no podía permitirse la vergüenza de que se hablara de su novia a sus espaldas porque ella pasaba demasiado tiempo con una chica de  tendencias lésbicas que usaba horribles lentes con marcos gruesos.

Ángel se preocupaba por los rumores a sus propias espaldas, por su propia imagen.

Además, Patricia era de “su propiedad” según su concepción personal sobre asuntos tan poco entendidos como las relaciones en  pareja.

    Cuando Ángel regresó de Europa, se sorprendió cuando Patricia no lo recibió con la algarabía y el deseo  que él había esperado. Ebrio por la cerveza Ale que consumía en los pubs británicos, caminando por las húmedas calles de Londres fantaseó que ella al extrañarlo, decidiría ceder por fin a sus caricias y se le entregaría como ofrenda a su regreso.

Pero al llegar al aeropuerto Guadalajara, la ausencia del personaje principal de su fantasía sexual fue notoria. Le había pedido a su madre que no cometiera la estupidez de ir a recogerlo pues estaba seguro que entre la muchedumbre que esperaba a los pasajeros, una hermosa chica de cabellos rubios y cuerpo de una diosa estaría esperándolo impaciente con la demanda en sus rojos labios de que en ese preciso momento la hiciera suya. Tampoco la encontró siendo la anfitriona de una fiesta sorpresa sólo para dos, esperándolo en su casa, como imaginó a bordo del taxi que lo llevó hasta donde su madre lo aguardaba deseosa de cubrirlo de maternales besos.

Cuando por fin fue a buscarla a su casa, librándose de la tediosa voz de su madre que no dejaba de pedirle que le hablara del viaje, la encontró charlando y riendo con Mirna en la lujosa sala donde en tantas ocasiones él había tratado de tocar sus maravillosos pechos.

Le sorprendió aún más que su reacción no fue efusiva al verlo. Fue más bien, el gesto seco y caprichoso de la persona que se enfrenta contra una molesta tarea que exigirá toda su paciencia. Aunque  para la escasa inteligencia de Ángel, solo fue un gesto de enfado.

Posteriormente, y gracias a esos amarillistas informantes de su grupo social, se enteró de que Patricia, su Patricia, y Mirna, la rara lesbiana cuatro-ojos,  habían pasado todo aquel verano juntas, frecuentando bares y cafés que el grupito soso de niños de la alta sociedad tapatía no acostumbraban. Obviamente, estos informes iban acompañados de alzamiento de cejas y risitas burlonas que lo pusieron histérico.

Cuando intentó  reclamar a Patricia como era su costumbre, se encontró con otra novedad en ella. En lugar de agachar la cabeza, hacer pucheros y llorar pidiéndole perdón como solía responder ante los furiosos arrebatos infantiles de Ángel, ella le había hecho frente y lo había expulsado de la casa como se haría con el niño invitado que ha roto la lámpara más hermosa y cara de la casa.

Sin haber  entendido el mensaje, Ángel continuó su relación como si nada hubiera cambiado. Pero la metamorfosis de Patricia le guardaba nuevas sorpresas. Ahora la rubia no se escapaba de sus caricias entre quejidos y ruegos pueriles, muy al contrario, cuando él intentaba realizar una parodia  del arte de la seducción, ella respondía con violencia y amenazas de llamar a su padre. Al recibirlo en la puerta de su casa en lugar de encontrarse con un beso o una sonrisa, siempre había un suspiro exasperado, o una mueca de disgusto.

El intelecto poco desarrollado de Ángel no comprendía lo que sucedía. Su cerebro era como una gran y lustrosa  locomotora a la que le faltara el ingeniero. Hasta la noche de la gran fiesta.  Ahí, muchas piezas cayeron en su lugar, y entonces él entendió.

4

    La gran fiesta o “El reventón de fin de verano” como exageradamente se catalogó en los panfletos publicitarios y cartulinas que se distribuyeron por la ciudad,  “Haría Época”. Al menos eso era lo que los organizadores cuidaron en informar a la juventud clase mediera y alta que retornaba de sus vacaciones veraniegas.

Era 1988, y las fiestas organizadas por empresas del medio de espectáculo realizaban fructíferos negocios al no existir aún los bien establecidos bares o “antros” en una ciudad de mediano tamaño.

Hollywood había puesto de moda durante los ochentas las fiestas caseras con películas como “Seis Velas” y “Ciencia Loca”. Esto sumada con la escasa oferta de discotecas modernas que satisfajeran la necesidad de areas para el desmadre adolescente, hacía que estas fiestas, en aquella década, resultáran un éxito financiero.

Solo había que conseguir un pretexto, inventar un título mercadotécnico y hacer una ingeniosa campaña publicitaria para obtener jugosos ingresos cobrando la entrada que generalmente otorgaba derecho a consumir las bebidas alcohólicas que uno soportara. La denominada Barra Libre, es decir, mucho refresco, mucho hielo y quién sabe que sustancia alcoholizada que embrutecía a los adolescentes hasta el vómito.

Aquel verano las fiestas escasearon, ya que los organizadores sabían que el mercado potencial se encontraba probablemente bastante lejos de ahí. Muchos de estos organizadores se trasladaron a las playas cercanas como Puerto Vallarta y Manzanillo donde rentaron un local y organizaron sus fiestas de veraneo. Faltaban apenas un par de semanas para que el calendario escolar iniciara y la gran mayoría de los jóvenes entre los dieciséis y los veintiún años ya se encontraban de regreso en la ciudad, aburridos a la espera del inicio a clases.

    “¡Despidamos el verano!” Rezaba la propaganda que se repartió en los grandes centros comerciales y a la salida de los cines.

    Y Ángel decidió despedirlo a lo grande.

    Había sido un excelente verano. Se embriagó en Inglaterra, se drogó con coca en España, y logró tener su primera y ceniza experiencia sexual con una chica un tanto gorda en Ámsterdam.

Obviamente, gastó el dinero de su padre a raudales. No trajo consigo cultura sino ropa, no aprendió nada de otros países sino que la cerveza pegaba más fuerte y que llovía más en Inglaterra. Se había divertido de lo lindo y había cumplido con su cuota de viajes al extranjero que le correspondía como chico rico.

    Aquel verano merecía ser despedido con un buen festejo.

    Ángel estaba muy excitado por la fiesta. En su viaje había descubierto la cocaína y se había vuelto aficionado a esa sensación de energía efervescente que le proporcionaba, sabía con certeza que ahí encontraría toda la que deseara.

“No te inhibas” Citaba con palabras escandalosas los letreros pegados en escaparates de tiendas de discos, “Ven a hacer lo que quieras”. Ángel no podía creer su fortuna.

    Pero Patricia cambió esa suerte cuando le informó que iba a asistir a la fiesta.

    —¿Y se puede saber quien chingados te va a llevar?- Le había preguntado a gritos, con la seguridad de que al igual que en el pasado, al subir el tono de su potente voz, ella cedería y se encogería como un pequeño cachorrito asustado.

    —Puedes llevarme tú, o puedo ir yo sola.

    La respuesta cayó sobre  él con la frialdad y sorpresa del inesperado y bien acertado golpe que recibe el grandullón del puño del chico débil que se ha hartado de sus abusos. Por espacio de algunos segundos Ángel solo atinó a quedarse callado observándola con la mirada de los bovinos, confundido y asombrado.

    —¿Qué?- Solo pudo preguntar, pero su tono carecía ya  de esa caprichosa autoridad.

    Ella tomó aire lentamente, he inició su explicación con un tono conciliador similar al que el padre de Ángel solía usar cuando desesperado trataba de hacerlo entrar en razón. No le agradó en lo más mínimo a Ángel que se sintió degradado. El tono de Patricia era el de una persona adulta y lo hizo sentir como un niño pequeño.

    Patricia terminó su sermón, donde en pocas palabras, le indicó  lo siguiente: primero, ella era libre de hacer lo que le viniera en gana, segundo, ella iba a ir a la fiesta, tercero, él podía “Si” así lo deseaba, acompañarla a la dichosa fiesta, cuarto y último, no había nada que “él” pudiera hacer para cambiar su opinión.

    Entonces Ángel recurrió a sus viejos trucos. Pataleó, dijo una sarta de maldiciones, comenzó a tirar cosas en su bien ensayado berrinche que antes le había ayudado a conseguir lo que deseaba con su madre, con su padre y con Patricia.

     Cuando hizo una pausa para observar la reacción de su novia por su desplante, se inquietó al encontrarse el rostro paciente del adulto que espera que el niño termine de llorar para iniciar el razonamiento. Los hermosos ojos verdes como los de un felino lo escrutaban desvordados de altanería.

    —¿Terminaste?

    No tuvo respuesta. Se encontraba demasiado confundido para poder hacerle frente, ella había sufrido una metamorfosis total desde que él se había ido de vacaciones a Europa, ya no era la Patricia que se asustaba, que lloraba, que se ponía nerviosa, no era más aquella bobalicona   de  cuerpo esplendoroso y cabellos dorados, ahora su mirada era inteligente, madura, ¿cómo era posible que una persona cambiara tanto en tan poco tiempo?

    La respuesta le llegó fría, envuelta con matices de odio.

    Mirna.

5

    Aquella noche que Ángel había aguardado con ansias, pero que la “nueva Patricia” había terminado por arruinar empezó mal desde que el sol se ocultó tras las colinas. Pimero tuvo una discusión  con aquel hombre sobre educado al que todos llamaban doctor por su grado académico en economía, pero que su hijo no entendía como no expedía recetas ni atendía enfermos. Para aquel hombre,  hablar con su hijo cuya estupidez era evidente en cada frase que articulaba era exasperante, lo único que a Ángel  le interesaba era que ese doctor le siguiera proveyendo de dinero.

Aquella nueva discusión se debió al desatinado comentario que Ángel dijo durante la comida, cuando su padre le cuestionó sobre sus planes para la universidad. Lo urgió a decidir que iba a hacer con su futuro estando ya en el último año de preparatoria. Ángel, había contestado con una sosa risa, que no iba a estudiar por el momento, que quería viajar otro poco por el mundo, quizá Australia sería su tierra a conquistar esta vez.

Aquello fue una invitación al debate sobre la mesa en el cual su madre tímidamente intentaba intervenir. Ángel concluyó el amargo incidente preguntándole a su padre de que le había servido tantos años de estudio si era un doctor y no operaba a nadie ni trabajaba en algún hospital.

Para su padre, aquel comentario tuvo el efecto de una bofetada. Se quedó atónito ante tal ignorancia. Por unos segundos albergó la agonizante esperanza de que Ángel estallaría en carcajadas demostrando que estaba bromeando, que sabía la diferencia entre un médico y un doctorado en ciencias. Pero no hubo tal respuesta, y para  el doctor en economía Augusto Salinas, el comprender que el agraciado joven del otro lado de la mesa era un perfecto idiota fue muy doloroso.

Augusto concluyó aquella discusión con tono seco y firme, con toda la intención de sonar contundente al decir que no daría un centavo más a su hijo si no aceptaba continuar sus estudios.

    Obviamente Ángel inició uno de sus famosos berrinches.

    Al salir de la casa para la fiesta, dejando una estela de perfume Drakkar Noir  a sus espaldas, su humor estaba en el punto más candente. Llevaba su pálida cara pintada de un tono rojo a causa  del coraje, dándole el aspecto de que había pasado demasiado tiempo bajo el sol. Su madre corría detrás de él, tratándolo de tranquilizar, repitiéndole una y otra vez que era su pequeño, que ella lo iba a proteger, que no le iba a faltar nada mientras ella viviera. Ángel le ignoraba con el despecho de los chicos sobre mimados, ofreciendo una mala pantomima del artista asediado por uno de sus admiradores al cual  trata con frialdad.

Abordó el auto a las nueve y media de la noche, casi atrapando el angustiado rostro de su madre con la puerta de su automóvil. Arrancó patinando las llantas, dejando marcado el suelo de la cochera tal y como le molestaba a su padre. No escuchó la despedida de su madre, ni la bendición que le dirigió.

    Una bendición que no le protegería aquella noche.

    Al llegar a casa de Patricia, su humor mejoró un poco al verla salir.

Ángel había tocado el claxon en repetidas ocasiones  como era su costumbre, señal a la cual Patricia solía aparecer corriendo como un perro fiel ante el silbato del amo.

Pero en esta ocasión su novia no salió, hasta que soltando insultos se dignó a descender del vehículo y tocar el timbre.

Eso lo estaba volviendo loco.

Pero al cruzar Patricia el marco de la puerta, el pequeño amigo de Ángel dentro de sus pantalones despertó. El flujo de hormonas le mejoró el estado de ánimo.  Lucía hermosa, radiante y sensual.

Se había vestido como nunca antes, luciendo una minifalda que se ajustaba deliciosa a sus caderas y mostraba gran parte de sus torneadas piernas. El cuero color negro le hacía verse más atractiva. Una blusa holgada del mismo color oscuro, provocadoramente abierta mostraba su pecoso pecho, sus abultados senos se podían ver aprisionados por el estrecho sostén. Los tacones que llevaba eran demasiado altos,  dándole la apariencia de que tenía la misma altura que Ángel. Y su cabello, lo había cambiado. Se había hecho un corte a la moda, en varias capas y ahora aquella infantil cola de caballo era suplida por una provocativa cabellera. Parecía una adolescente Samantha Fox. Ángel tenía el poster de la cantante-modelo recostada, portando una chamarra de piel. Así se veía Patricia aquella noche.

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